Oda al hashtag

Me encanta Instagram. Confieso, y no culpablemente, que es lo primero que hago cuando me levanto. Unos leen el Marca, yo veo fotos #igers. ¿Qué ha sido los Oscars? Me temo que mis tendencias de búsqueda han abandonado los resultados que arrojan mi venerado SEO, y me encamino directa a las cuentas de esta red que sé que me mostrarán la alfombra roja.

Obviando la deformación profesional que este comentario al vuelo me produce, me voy a centrar en el contenido del artículo. Estaba desayunando. Que ¿qué cuentas sigo? Pues las podría dividir en varias categorías. Mi clara favorita: las mamarrachadas. Por ejemplo, sigo a un perro que se llama @samsonthedood y que básicamente me recuerda a mí. Es un pseudo Garfield con mucho pelo y muy rizado, al que le encanta el “dolce far niente”. Mi alter ego perruno en unos marcos fotográficos incomparables. Mi razón de suivre, vaya.

Luego estan, of course, las cuentas “me engaño a mí misma”. Yoga, training, moda…Despiertan mi lado más infiel, porque varío mucho en mis afectos: hoy sigo a este yogui, mañana le dejo porque no comparto su visión de abandonar las palmeras de chocolate; o ya van siete semanas seguidas que no dediqué ocho minutos al día a hacer ejercicio. Creo que la disciplina, podemos concluir, no es lo mío, lo cual nos lleva a que la que suscribe no será nunca Influencer.

También existen, y seguimos, esas cuentas “wow”. Como la de Gwyneth y su fabuloso negocio millonario, @goop, que son la esencia de “mi” Instagram. Aspiracional, buen gusto, fotos envidiables, variedad de temas, entretenimiento…Es la ventana a una vida gozosa, y sí, confieso que he picado y que la mega “perfect” #pepperoni (como la llama Robert Downey Jr, adivinad, en Instagram) me cae bien.

Y por fin llegamos al quid de la cuestión.

Ya era hora. Quinto párrafo. Igual tampoco seré nunca tuitera. Las cuentas de amig@s, conocidos, random people, placeres culpables. E influencers claro, a ser posible, nacionales. Porque este artículo va de Instagram, sí. Pero especialmente de los hasthags que utilizamos. Esta nueva fórmula de comunicación me produce tanto placer como las propias imágenes con las que sueño. ¿Soy la única?

Bien es cierto que hay algunos universales y muy anglosajones. Pero mi perdición son los nacionales, porque incluyen giros lingüísticos que hacen mis delicias sociales y enriquecen mis desayunos cual croissant con mucha mantequilla.

Ver cómo nos comunicamos con la almohadilla, cuáles ponemos, cómo y por qué…ha pasado a revelar mucho de la huella digital que vamos dejando, convirtiéndose muchas veces en un sello de identidad. Una amiga los descubrió un verano, y todas sus fotos de entonces venían acompañadas de unos larguísimos ### que seguro la dejaban sin aliento sólo con escribirlos. Los que estábamos al otro lado los esperábamos con amor y ansia a partes iguales. Si eso no es engagement, que venga Facebook y nos diga.

Alerta, eso sí, a los almohadilleros: esperamos que no pretendáis lograr el objetivo que se perseguía inicialmente con el # de ser encontrado, conseguir más seguidores, más likes, Comunidad. Cuando incluyes un “#quememueramuertasinoquitanelaire” se espera que tu expectativa de ser encontrad@ sea baja, o tu inversión para mitigar tu resistencia a la frustración sea alta, porque no vas a crear Comunidad, no te van a encontrar. Estamos de acuerdo, ¿verdad?

Más allá de sintetizar El Quijote, pues, con una seña identificativa digital, de un tiempo a esta parte sí detecto una serie de hashtags que colecciono. Si lo leo, hay like. Es así. Animo a todos los que ya han localizado estos mismos u otros parecidos, nuestros llamémoslos, #hashtagscomodín, a que nos los presenten. Y pasa como con el huevo y la gallina, ¿qué vino antes? Porque no sé si hablamos así desde entonces porque los usamos; o los empezamos a usar porque los empleamos en el lenguaje coloquial.

Paso a enumerar: “enlamejorcompañía”, ”quebienlopasamos” ,“disfrutando”, “fotón” ,”cañón”, “pibón” (también en su variedad errónea ortográfica “pivón”). Sigo: “hastalalunaymásallá” (o en su versión guiri “tothemoonandback”), los gentilicios “galifornia”, “mediterráneamente”, etc; “upintheair” (cuánto viajas, chica). Y los anglicismos: “mood”, un gran preferido. Acompañado del día de la semana es utilísimo para quienes no sabemos en qué día vivimos. Se añade que es el Comodín de los Comodines. Porque puedes verlo acompañado de un gato encrespado, una ensalada de kale o unos zapatos de tacón.

Que no se me olvide ir concluyendo con lo mejor del tema. Mi hijastra, ella sí es trendy, un día tuvo a bien decir “los hashtags son de vieja”. No sé si ponerlo con la almohadilla delante o dejarlo estar. Pero no he vuelto a poner uno. Prefiero anunciarlos de viva voz cuando asiento mis elaboradas afirmaciones “Hashtag: tengo hambre”.

Termino ya. No sé si se ha podido detectar la cantidad de tiempo, esfuerzo y cariño que le dedico a Instagram y sus cosas. Mi única preocupación es si nos creemos que aunque la disrupción es secundable en cualquiera de sus formas, comunicarse con hashtags no creo que vaya a sustituir algo tan poderoso y magnífico como una buena ironía.

¿Sabéis a quién me habría encantado seguir? Os doy una pista: #ydoshuevosduros

Deja un comentario

  1. #1
    Cristina Recuero

    Me resulta alucinante el tiempo que invertimos en RRSS y cómo evolucionan y cambian los códigos de comunicación. Nunca me acostumbré a utilizar los #, si bien admiro la creatividad de muchos y me hacen sonreir algunas ocurrencias. Como para todo, la creatividad es magia.

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