El imperativo tecnológico

El desarrollo tecnológico se ha erigido como eje central o vertebrador de nuestra sociedad.

El sistema que lo sustenta penetra los espacios más recónditos de las necesidades, hábitos, anhelos y patrones de comportamiento de los humanos.

El individuo es, a la vez, sujeto –portador y cómplice- del sistema tecnificado, y también objeto de su poder.

En definitiva, la sociedad y todo lo que conlleva es parte integral tanto de hacer respetar los límites del sistema como de transgredirlos.

Y me explico; hay un modo revolucionario (y con éste concepto me refiero a opuesto al sistema) del ser humano que contraría las reglas basadas, principalmente, en lo que nos atañe en el presente artículo: la tecnología. Se da una reafirmación, aquí, del individuo como humanista, humanitario y tradicional. Se busca la mínima penetración de la tecnología en las propias vidas. Pero, paradójicamente, este vestigio revolucionario es más que necesario para que funcione el sistema.

Por otro lado, una gran mayoría acoge y celebra la evolución tecnológica, destaca sus ventajas y aprueba su uso mayoritario.

Esto va convirtiendo gradualmente el objeto tecnológico (y su uso) en una perspectiva, en un modus vivendi, en una fuerte base del pensamiento.

Actualmente este hecho nos parece inocuo, incluso ha llegado a ser invisible. Y es en este momento en el que se nos aparece la idea de imperativo tecnológico: es imposible la recurrencia a cualquier otro modo, forma o idea que no sea tecnológica. La eficiencia, la inmediatez, son nociones permanentes en nuestras vidas y en la superación de obstáculos. Cualquier problemática se convierte en superable, y la forma por excelencia, la única vía, es la tecnológica, apoyada por el pensamiento y concepción de la vida en tanto que tecnología. En ésta eterna posibilidad prevalece el lema del querer como poder.

Es decir, los límites se desvanecen, y la tecnología pasa a ser la Solución que, en el caso de no recurrir a ella, apunta a una responsabilidad completamente individual.

Si alguien dice que no puede, es porque en realidad no quiere.

En definitiva, todo es posible. La muerte, como dice el pensador Daniel Callaghan, se convierte en un accidente. La concepción tecnológica aquí es la de poder superar los límites de la naturaleza, de aquello humano.

El final de la vida es la superación de ésta en tanto que vida tecnificada (aquí hago mención al Transhumanismo), nunca la muerte como tal.

Otro ejemplo claro: el sistema vende posibilidad, es decir, apertura de opciones y la libertad de decisión que ello conllevaría. Sólo hace falta observar los lemas publicitarios, como el famoso “Just do it”. Pero, a su vez, el comportamiento posibilista del sistema implica siempre que se de como posibilidad única.

Por eso la tecnología es un imperativo: se establece como la única salida.

Todo aquello que no la sigue es minoritario, despreciable y extraño. Los propios humanos ya no son tan humanos. En todo caso, en la revolución contra dicho imperativo empiezan las conversaciones sobre humanizar y aislarse de los objetos tecnológicos y sus usos.

Y, ¿cuántas veces habremos escuchado la afirmación “es inevitable” o “hay que actualizarse” con relación a la tecnología?

Seguro que centenares, y en sus formas más diversas. Todas ellas, aunque guarden una íntima y certera relación con la realidad y la sociedad, acoge, en sus profundidades, una realidad aún más oscura: la tecnología se erige como posibilidad (única) en tanto que es, fundamentalmente, la alternativa, la posibilidad, el imperativo.

Deja un comentario

  1. #2
    Elisa Escobedo

    Felicidades Valèria, reflexiones como ésta son las que nos ayudan a vivir en un entorno alejado de la vulgaridad, y a pensar, con mayúsculas, ¡eres enorme! Gracias

  2. #1
    Cristina Recuero

    Excelente exposición Valeria.

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