Caminos infinitos.

Érase una vez un niño que a los 9 meses de edad sus padres le apuntaron a una escuela para enseñarle a andar… —sí, no me leas con extrañeza. Cosas igual de absurdas hay y no andan muy lejos de donde estás—.

Érase una vez una niña que quería ser tan alta como la luna. Érase una catedrática de astronomía.

Érase una vez un párroco que perdió la fe. Érase un doctor en Teología.

Érase una vez una mujer que quería conocer mundo. Érase una graduada cum laude en Geografía.

Érase una vez un joven que tenía dudas sobre su sexualidad. Érase un reputado sexólogo.

Érase una vez alguien que quería conocerse a sí mismo. Érase un prolífico escritor de sesudos libros de psicología.

Para llegar al conocimiento hay caminos infinitos y no pretendo hacer un alegato a favor o en contra de ninguno de ellos. Sólo voy a compartir algunas reflexiones extraídas de mi propia experiencia.

Pese a no ser una fuente del todo fiable, permitidme que empiece citando de la Wikipedia, un fragmento del artículo sobre autoaprendizaje:

“El autoaprendizaje es algo que el ser humano, los mamíferos y otros animales poseen en sí mismos y se pone en evidencia cuando juegan. Jugar, aunque a veces no se tiene presente, tiene la función principal de aprender nuevas habilidades o mejorar las que ya se poseen”.

Muchas veces, el autoaprendizaje comienza jugando, y pasado un tiempo se descubre que se ha aprendido mucho de este modo y que no solo sirve para pasárselo bien.

Recientemente, en una charla nos expusieron, por vía teórica, los factores a tener en cuenta para lograr una buena escucha: el contenido del mensaje, el tono, el lenguaje no verbal, lo que sucede alrededor, tu propio estado emocional, tus propios pensamientos… y ¡bum!, me explotó la cabeza.

Es materialmente imposible procesar racionalmente toda esa información y lograr una buena escucha. Si lo intentas, será lo más parecido a fumarte un porro o, cuando sobrepasas la capacidad de procesamiento de un ordenador antiguo. Lo mejor será que desconectes y reinicies en otro momento.

Érase una vez un niño…

De pequeño, todos mis amigos de mi edad ya sabían montar en bici sobre dos ruedas, cuando yo continuaba llevando ruedines. Recuerdo a mi padre, entre otras personas, intentando enseñarme diciéndome «¡Vete despacio!», «¡Mantén el equilibrio!», «¡No pares!», «¡Haz esto!», «¡Haz lo otro!»… y no había manera. Siempre acababa tirando la bici entre sollozos y con la sensación de que nunca aprendería. Un domingo, en el silencio de la tarde, mientras unos ya se adelantaron para no quedar atrapados en un atasco de vuelta a Madrid, y otros aún guardaban sus horas de siesta, me monté en mi bch sin ruedines.No me hicieron falta ni cinco minutos para aprender a mantener el equilibrio, y antes de que mis padres me llamaran —«¡Daniel! ¡Recoge que nos vamos!»—, ya había subido y bajado varias veces la cuesta de la urbanización. ¿Qué sucedió? ¿Dónde estaba el problema? Muy simple: mi cuerpo ya sabía lo que tenía que hacer, sólo que aquellas voces aleccionadoras no me dejaban escucharlo.

Aún me acuerdo cuando estudiaba segundo de piano. Había una alumna que debía estar en quinto y se animó a tocar «La cucaracha», una de las canciones más simples que puedas imaginarte, con sólo dos acordes: Iº y Vº grado (al que, en un alarde de originalidad, puedes añadirle la séptima). Aquella alumna, que ya había pasado por los cinco años de solfeo y cursaba primero de armonía, no sabía intuir en el piano el segundo de aquellos dos acordes, mientras yo, un mal estudiante a tres cursos por debajo, ya me había sacado una cuarta parte de las canciones de The Beatles, que armónicamente son bastante más complejas. ¿Cómo podía suceder aquello? Eso no significa que tuviera un oído privilegiado; simplemente lo había desarrollado sin querer a base de jugar y practicar. Mis oídos habían aprendido a identificar determinados sonidos y después a agruparlos en el sitio que le correspondían (igual que identificamos desde pequeños la voz de nuestra madre entre otros muchos estímulos sonoros y volvemos la cabeza hacia el lugar de donde procede, toda una proeza evolutiva). Es decir, había utilizado unos canales de aprendizaje distintos a los que se enseñaban en el conservatorio, entre los cuales estaba el área emocional, y en último lugar, el proceso deductivo. No necesité inyectarme dosis y dosis de teoría musical. Mi inteligencia auditiva ya sabía cómo responder y cómo organizar la información.

Mi profesora de canto me ha tratado de explicar muchas veces cómo es nuestro aparato fonador, qué órganos intervienen en el proceso cuando emitimos un sonido. Esa información me resulta muy interesante, pero sólo a nivel teórico. En la práctica, si intento incorporar esa información, no sólo no me es útil sino que representa una dificultad añadida innecesaria. En cambio, si quiero cantar de esta o aquella manera, mi laringe ya sabe cómo tiene que colocarse intuitivamente para producir esta o aquella cualidad en el sonido.

Otras veces, hablamos de las imágenes que podemos generar para conectar con la emoción. Si cantas una canción romántica, por ejemplo, pensar en alguien de quien estás o estuviste enamorado. ¿Realmente necesitas acordarte de esa persona o tu cuerpo tiene memoria de por sí suficiente? Las emociones son mucho más simples, puras y universales y se pueden evocar simplemente a través de la memoria corporal. Las imágenes y los recuerdos son contingentes y si los conservamos es porque en su día tuvieron un impacto emocional. Atrévete con una canción como Delilah o Bohemian Rhapsody, no por su complejidad vocal, sino porque en ellas se habla de un crimen en primera persona. Echa mano de tus recuerdos, y si encuentras alguno, acuérdate también de cuándo pusiste ese enrejado a la ventana de tu dormitorio.

Alguien sin ninguna formación musical no está en absoluto incapacitado para apreciar los detalles de una pieza de música (esos detalles no fueron compuestos para deleite de unos pocos eruditos, sino para provocar sensaciones y despertar emociones). Si tratamos de explicarle cada uno de esos detalles, qué función tienen y cómo operan dentro del conjunto, muy probablemente acabará con la frustrante sensación de que no entiende la pieza, cuando antes de la explicación sí la entendía, aunque no de la manera, claro está, en que un marmóreo catedrático de musicología del conservatorio desearía que la entendiese. De igual forma, conozco a muchas personas que no asisten a espectáculos de danza o exposiciones de arte contemporáneos porque creen que “no lo entienden”. Olvidamos con bastante frecuencia que las obras de arte no son ningún tratado ni ninguna tesis doctoral (o, al menos, no deberían serlo), y que una inmensa parte de su encanto reside precisamente en que no lo son porque juegan en una liga diferente. Quizá esto explique en parte el boom de las playlists de electro latino en Spotify o el retroceso al que estamos asistiendo en los últimos años con la censura de algunas obras de arte (lo que viene a ser lo mismo que querer ganar al Trivial con las reglas del póker).

Tengo dos amigos que han sido padres primerizos de una niña con síndrome de Down. Nunca han ido a una escuela de padres, ni han pasado por la vicaría ni por terapia de pareja pese a haber sufrido fuertes desencuentros entre ellos. En su casa aún no he visto un solo libro sobre maternidad, trastornos genéticos o educación especial. Y sin embargo están desarrollando una increíble y encomiable labor como padres y educadores, algo que lamento no poder decir de otras personas de mi entorno.

La información no pesa (y si no, hagamos la siguiente prueba: pesemos un disco duro de 1 terabyte recién salido de la tienda en una báscula digital de alta precisión; después, intentemos grabar en él las filmografías completas de John Ford, Jean-Luc Godard, William Wyler, Ingmar Bergman, Manuel de Oliveira, Alfred Hitchcock, Woody Allen, Jesús Franco y Fritz Lang en HD y volvámoslo a pesar); por tanto, su tendencia es ascender y quedarse flotando por el techo de nuestro neocórtex como los globos en una fiesta de cumpleaños. Esto es tan solo una imagen, pero para mí y los de mi generación, y probablemente para la mayoría de las personas que venimos de un sistema educativo heredero del racionalismo y la industrialización, representa un esfuerzo titánico tratar de bajar y traducir esa información casi endogámica hacia otras áreas de nuestro cerebro y nuestro cuerpo por donde no ha transitado anteriormente (y si lo ha hecho, éstas han actuado como simples operarios de una fábrica cuya opinión no se tiene en cuenta). Es como si la mente, con sus ínfulas de dueña y señora, ordenara al resto del cuerpo lo que tiene que hacer. Y entonces recuerdo a mi padre decirme «¡Haz esto!», «¡Haz lo otro!»… y así no hay manera.

En aquella charla sobre la escucha, algo se colocó de forma intuitiva. Me di cuenta de que no era necesario prestar atención (al menos, según lo que entendemos por “prestar atención”) a todo lo que sucede; tan solo al contenido del mensaje, que sí se procesa de manera racional. El resto ya lo estamos registrando aunque no queramos. Sólo tenemos que permitirnos escuchar esa información que ya viene preparada. No necesitamos que nuestra mente intercepte esa información y trate de decodificarla mediante complejos procesos racionales. Es precisamente cuando sucede esto que la información se pierde o se desvirtúa… —«Perdona, que no te estaba escuchando, ¿qué decías?»—. ¿Qué ocurre? Que tendemos a explicar todo esto una y otra vez —como yo lo estoy haciendo ahora— por vía teórica, con lo cual estamos interpelando directamente a nuestra área racional, y luego nos toca un doble esfuerzo por recodificar y recolocar esa información en el lugar que le corresponde. De alguna manera es como si quisiéramos aprender el camino al revés de como lo han hecho otros.

Hablando con un profesor de secundaria en una cafetería próxima al instituto donde trabajaba, compartíamos la opinión de que muchas asignaturas de humanidades (historia, arte, literatura, filosofía) se siguen enseñando igual, de forma lineal y cronológica, empezando por lo más alejado en el tiempo. Sin embargo, cuando queremos conocer los orígenes de nuestra familia, ¿no usamos naturalmente la cronología inversa, acudiendo primero a nuestros padres, después a los padres de nuestros padres y así hasta donde el rastro genealógico nos permite llegar? Mientras que en las asignaturas de ciencias se empieza siempre por el final: las conclusiones. Y obligan a los pobres alumnos a memorizar un rimero de fórmulas y teorías que no son más que el resultado de un proceso de observación, experimentación y deducción, que es la parte más interesante e instructiva que rara vez se incluye en los programas y libros de texto. Y ahora —mirando el reloj—, aparte de la cuenta, quisiera pedir un fuerte aplauso para todos los queridos y excrementísimos ministros de educación que han pasado por nuestro país…

Y fue así, al rato de despedirnos, que comencé a masticar la frase descafeinada y corta de leche con la que he arrancado al inicio:

Érase una vez un niño que a los 9 meses sus padres le apuntaron a una escuela para enseñarle andar. Érase una eminencia en psicomotricidad postrada en una silla de ruedas.

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