Aprendiendo a crecer

Hoy hace una mañana fría de invierno en Madrid. Una de esas mañanas en las que el cielo está despejado, es de un azul intenso, el sol brilla y el frío permanece. Mirando por la ventana me vienen pensamientos de mis últimas sesiones con clientes de coaching, o de mis alumnos en los cursos para formar a futuros coaches o encuentros de crecimiento personal. Y me pregunto:

¿Cómo los seres humanos podemos crecer?, ¿Cómo convertirnos en seres más completos y quizá mejores personas?, ¿Cómo aprender a tomar conciencia de cuando estoy tratando de imponer mi razón o de cuando me estoy dejando arrastrar por la rabia y estoy a punto de cometer un acto del que después, me arrepentiré?

 La respuesta más obvia es que debemos aprender más sobre nosotros mismos para tomar conciencia y cambiar nuestros comportamientos automáticos o del inconsciente. Y si esto es así, ¿cómo podemos hacer los humanos para aprender de nosotros?

Esto, no es tan sencillo. Al igual que tenemos algunas partes de nuestro cuerpo que no podemos vernos nosotros mismos sin la ayuda de un espejo, también hay partes de nuestra personalidad, de nuestra emocionalidad y de nuestro ego que no podemos ver sin la ayuda de un espejo.

¿Cómo es entonces un espejo que refleje los puntos ciegos de nuestra personalidad? ¿Qué cualidades debe tener y cómo encontrarlo?

La respuesta es que el espejo es “el otro”. Todas las demás personas son nuestro reflejo y por tanto nuestros maestros. Como seres vivos no tenemos fácil el aprender sobre nosotros de forma aislada, sin el contacto con el exterior. El exterior es la forma en la que podemos ser conscientes de nuestro interior. Es como vivir toda la vida con una temperatura de 0º centígrados y no sentir nunca un cambio de temperatura. Esto nos haría desconocer lo que es el calor, pero también lo que es el frío, ya que no sabemos distinguir la diferencia. Si un día nos trasladasen a un lugar a 30 grados, aprenderíamos lo que es el calor y al volver a nuestro hogar de 0º, tomaríamos conciencia de lo que es el frío.

De igual forma, el exterior, en su interacción o “encuentro” con nosotros, nos está devolviendo una imagen de quienes somos y aclarando parte de nuestro mundo interior. Especialmente el encuentro con otro ser humano y nuestro comportamiento en la relación. Este es el gran lugar de aprendizaje para las personas y donde se genera la posibilidad de crecer. En el “encuentro con el otro”.

En este mismo concepto se basan las profesiones de ayuda como el coaching y los diferentes tipos de terapia. En un encuentro con otra persona que está preparada para ejercer de la mejor manera posible esa función de espejo.

Pero como seres inmersos en un mundo relacional en constante interacción, también podemos crecer y aprender de nosotros en el campo de práctica que supone la vida y nuestra relación con el mundo. Así, cualquier persona puede ser un maestro, alguien que me ayude a entenderme mejor a mí mismo. Alguien que me permita detectar mis reacciones automáticas y trabajar el por qué se han producido.

 ¿Dónde buscar? ¿Por dónde empezar?

En mi opinión, el ser humano completo, consciente de sí mismo, mira su luz y su oscuridad y está dispuesto a aventurarse en las partes más ocultas de su ser. Acepta ser un ser imperfecto y no tan bello como le gustaría en el espejo. Se adentra en su sombra y la mira atreviéndose a nombrarla. Porque la parte potencial de crecimiento de mi ser, está en aquello que no veo, en aquello más oculto, tapado o inconsciente. También mis talentos sin explotar están ahí. En lo que terapéuticamente denominamos “la sombra”. Somos la luz y la sombra y nuestro crecimiento está en aquello que aún no ha sido explotado o aceptado, que es nuestra sombra.

¿Y dónde está nuestra sombra? ¿Cómo sabemos qué o dónde mirar?

Cuando la vida nos da un golpe, algo que desestabiliza nuestra comodidad, aparece el miedo y la sombra con toda su incertidumbre y vulnerabilidad. Lo que creíamos estable, se manifiesta como perecedero e incluso frágil y perdemos pie. En estos momentos siempre hay un aprendizaje y un crecimiento, aunque en muchas ocasiones con un alto precio. Sin embargo, podemos crecer tomando la iniciativa de manera voluntaria, no solo cuando la vida nos empuje a hacerlo. Podemos acudir a profesionales que nos ayuden o podemos mirarnos además también nosotros mismos. Para ello tenemos una pista, un lugar donde mirar con mirada consciente. Nuestra “incomodidad”.

Cada vez que estamos incómodos con algo en relación con nuestra realidad o nuestras relaciones, existe una necesidad profunda nuestra que no está siendo atendida, que no está siendo escuchada. En lugar de mirar y adentrarnos en la búsqueda o descubrimiento de la necesidad demandante, lo que hacemos es combatir la angustia o la ansiedad o el malestar que nos provoca la incomodidad que en realidad no es más que el síntoma exterior.

La incomodidad es nuestra aliada, nos está diciendo dónde mirar y donde poner la atención. Mirar con una mirada adulta que sepa profundizar y sumergirse en las aguas profundas donde habitan las auténticas necesidades. El ego, como representante de nuestra personalidad tiene muchas necesidades infantiles que deseamos satisfacer, pero que no siempre, realmente necesitamos hacerlo. La auténtica necesidad está más abajo y es más nuclear y conocerla es aprender a conocer cómo a partir de esa necesidad fabricamos otras necesidades derivadas más egoicas que al final nos enredan en la relación con los demás y terminan produciendo insatisfacción, sufrimiento y dolor.

Es por tanto, la incomodidad la luz de nuestro cuadro de mandos que nos avisa de la existencia de una necesidad no cubierta y de la oportunidad de descubrirla y ahí es donde debemos mirar. Para ello existe, entre otros, un ejercicio que se llama “el ejercicio de la retrospectiva” que supone al final del día, repasar los acontecimientos, que en esa jornada, me hayan causado incomodidad en mayor o menor grado. También los más sutiles, puesto que a veces me defiendo de esta sensación incómoda anulando sus efectos y minimizándolos como si no hubieran ocurrido cuando, dentro de mí, están actuando de forma clara y plena.

Con la retrospectiva, recuperamos la mirada sobre determinados acontecimientos del día, por ejemplo un enfado o discusión con la pareja, y sin juicio y de manera lo más neutra posible, buscamos analizar la situación, considerando al otro como alguien que tan solo puso en juego una acción y a partir de ahí, buscar mi relación con esa acción, sin carga y sin responsabilizar al otro. Es como si la otra persona hubiera sacado una cerilla y yo la hubiera cogido, encendido y después me hubiera prendido fuego. Una vez estando la cerilla delante, la otra persona podemos quitarla del análisis y sólo analizar qué me pasa a mí cuando alguien hace esto, qué me pasa a mí cuando delante hay una cerilla. Por qué termino prendiendome fuego y qué hay detrás de todo esto.

Para que este ejercicio funcione, debo observarme mucho y quizá llevar un pequeño diario. Y debo observarme con un testigo interior neutro, no juzgador de los demás ni de mí. Una mirada amorosa y ecuánime. Esto también es posible cultivarlo. El pasar tiempo con uno mismo, deportes individuales, paseos, y especialmente la meditación ayudan a encontrarnos con ese testigo interior neutro que tiene la capacidad de observar, buscando lo que hay y no juzgando lo que hay.

Juzgar está siempre relacionado con cómo somos como personas y en la relación que tenemos con el mundo y nuestra idea de cómo debería ser la realidad. Iniciar el camino del aprendizaje y el crecimiento personal, supone aceptar que la realidad no es como yo deseo que sea y reunir el coraje para mirar lo que hay y nombrarlo.

Deja un comentario

  1. #3
    Cristina Recuero

    Gran reflexión Jose Manuel. Me encanta.

  2. #2
    Luis RR

    Muy inspirador.

  3. #1
    Anónimo

    Alguien saca una cerilla y yo la cojo, la enciendo y me prendo fuego. Me quedo con esta frase!! Muchas garcias, excelentes reflexiones

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