La cara oculta de la luna

La historia del arte está manchada de sufrimiento.

No podemos obviar que el arte es terapéutico, y que en muchos casos es una vía de escape, un bálsamo o un canalizador de nuestras luchas internas.

Vivimos en un mundo cada vez más deshumanizado y más desconectado, a pesar de las tecnologías. Y en este contexto de enfermedad crónica, es más que normal que aparezcan personas afectadas por una singular sensibilidad que les impulsa hacia la creación y a la destrucción, a la virtud y a la perversión.

La historia del sufrimiento humano ha dado grandes obras de arte.

Y por más que tratemos de explicar la una con la otra, no podemos considerarlas igual. Son dos caras diferentes de una misma persona.

Todo esto viene a colación de una pregunta cuya reaparición en los medios me sigue produciendo cierta hilaridad y admiración, siempre a raíz de alguna infausta noticia: ¿la obra de arte debe estar por encima del autor? Creo que no merece la pena polemizar más sobre este asunto, cuando la respuesta podría ser mucho más sencilla: aparte.

Los asuntos humanos deben ser tratados como tal; los traumas, por vía terapéutica; los delitos civiles, por vía judicial; y las obras de arte, por vía artística. Dejemos de mezclar churras con merinas. Cada cosa tiene sus reglas y sus códigos. Juzgar el valor de las obras de arte o las contribuciones a la humanidad con el mismo juicio moral con el que se valora a las personas es tan absurdo como condonar los delitos de una persona usando como argumento de defensa el valor intelectual de su obra.

Como suelo decir, los malvados de las películas de Walt Disney —por cierto, un nombre con bastantes aristas oscuras— no existen. Esto lo sabe muy bien cualquier estudiante de arte dramático. Para encarnar a un personaje malvado hay que adentrarse en las sombras y buscar las razones que le han llevado a ser o actuar así, y allí encontraremos un oasis de luz que permiten dotar al personaje de matices que lo hacen dramáticamente interesante.

Nadie hubiera sospechado que detrás de ciertas pinturas y dibujos, aparentemente inocentes y bien trabajados, se escondía una de las mentes más perturbadas y abyectas que ha dado la historia contemporánea: Adolf Hitler. En este caso, el personaje se sitúa por encima, de tal manera que su obra pasará probablemente a la posteridad no por su valor pictórico pero sí como curiosidad histórica.

No somos santos. Incluso podemos encontrar más de un episodio oscuro en las hagiografías. Y eso es porque somos humanos, no divinos. Todos tenemos luces y sombras. Y cuanto más intensas sean unas, quizá más intensas sean las otras. Porque la intensidad es solo intensidad.

Si uno es intensamente apasionado, también puede ser intensamente violento.

Si uno es capaz de llegar a la euforia, también es capaz de caer en la más profunda de las tristezas. Porque su carácter es intenso. Y todos transitamos por todas y cada una de las emociones, salvo que estemos muertos y no nos hayamos dado cuenta.

Deja un comentario

  1. #1
    Anónimo

    La historia del sufrimiento del arte ha dado grandes humanos... Y cotiza más cuanto más dolor esconde. Quizás nuestro lado oscuro se clarea gracias a aquellos que exponen su mierda. Artistas locos...Daniel, gracias por hacerme pensar

CREAtech540º en tu correo

CREAtech540º en tu correo

¡No te pierdas ningún contenido!

¡Muchas gracias! Hasta pronto :).

Top