Enemigos de lo ajeno.

“Una opositora a psicóloga militar descalificada por llevar un tatuaje”.

40 años de la primera manifestación del Día Internacional de la Liberación Homosexual en Madrid, pidiendo la derogación de la ley de Peligrosidad Social.

Alguien, que bajo la apariencia de un inofensivo consejo, esconde su necesidad de que te adaptes a sus esquemas profesionales…

Todo parte del mismo principio. Y he aquí mi teoría:

Desde que el hombre es hombre, ha sentido la necesidad de controlarlo todo. Empezando por su entorno y, dejando para última instancia, a sí mismo. Esto genera tres líneas de pensamiento / acción que etiqueto (otra de las necesidades del ser humano) de la siguente forma: la filosófico-científica, la teocrática y la xenófoba.

La primera consiste simplemente en observar, hacerse preguntas y tratar de buscar respuestas lógicas y verificables (cabría añadir una línea más, la antropocrática, o tal vez la egocrática, cuando la humildad inherente a la asunción filosófica de la finitud del ser humano, es reemplazada por la soberbia que intenta llevar esas respuestas hacia el dominio absoluto y la manipulación).

La teocrática tiene un proceso idéntico a la primera, salvo que esas respuestas se buscan en un orden superior, ininteligible. Ambos casos satisfacen la tranquilidad existencial de que todo esté supervisado, ya sea mediante leyes naturales que el hombre puede ir comprendiendo y manejando (o manipulando), o mediante la invención de lo divino como explicación última de todo aquello que escapa aún al entendimiento humano.

La tercera, entendida como el miedo o rechazo a lo ajeno, se alimenta de las dos primeras hasta que llega un tope de suficiencia o de conformismo ideológico que permita una estructura básica de pensamiento, comportamiento y relación con el entorno sin más quebraderos de cabeza. Cualquier cosa que esté fuera de los límites de lo cotidiano y, más aún, que pueda representar una amenaza para la estabilidad de esa estructura y tener que reconquistar la tranquilidad existencial (o dicho de otra forma, la zona de confort) es automáticamente rechazado. Y si se tiene suficiente poder, condenado, prohibido.

De modo que, cuando nos encontremos ante un caso de discriminación, sea del género que sea; cuando los gobiernos emplean el tiempo en contar al mundo lo horrible que sería si otros ocuparan su puesto; cuando alguien trata de venderte una idea haciéndote creer que es la tendencia que impera en todo el mercado; cuando estadistas, sociólogos y medios de comunicación nos hacen ver la realidad según determinados intereses; cuando alguien nos mira raro porque le choca nuestro comportamiento o nuestra manera de vestir; cuando sentimos que no nos aceptan por nuestras decisiones, sentimientos o ideologías, probablemente, detrás de esa mirada, de esas palabras, detrás del rechazo o del proselitismo recalcitrante, se esconda alguien suplicándonos a lágrima viva:

«Deja que mi mundo, ese mundo que tanto me ha costado comprender y configurar, siga siendo como lo conozco. Por favor, no me lo cambies».

  1. #3
    Cristina Recuero

    En primer lugar Daniel, me encantó tu reflexión. Me parece un claro ejemplo del comportamiento que tenemos al no controlar una situación, porque desconocemos motivos, porque no entendemos el por qué o el para qué, o porque sencillamente nos resulta extraña o desconocida. Y al leerla pude ver lo que ocurre cuando rechazamos algo y queremos expulsar a través del control que algo que no conocemos suceda a nuestro alrededor. Lo que igual no somos capaces de ver y entender, es que cuanto más nos empeñamos en rechazar o expulsar, con más fuerza vuelve a nosotros. Gracias por tu reflexión!

  2. #2
    Daniel Salamanca

    Gracias por el feedback. Comparto tu opinión, Elia. Es un tema para darle vueltas, porque a veces creo que ponemos el foco de manera parcial y el tema es más amplio de lo que parece. Hoy, viendo propaganda informativa del Ayuntamiento sobre los delitos de odio, observé que usan las mismas imágenes alusivas a las diferencias de sexo, de etnia, de estatus social… Creo que la xenofobia, el territorialismo y los miedos, en principio, son algo lógico, natural y necesario. De hecho, nuestro organismo, cuando detecta un cuerpo extraño tiende a atacar o protegerse. Pero el ser humano tiene capacidad suficiente para observar, analizar e integrar la diversidad biológica, social y cultural del mundo en el que vive y sacarle provecho. ¡Si es que al final saldríamos todos ganando!

  3. #1
    Elia Mendez

    Que buena reflexión la de hoy. El territorialismo y el miedo al otro son parte inherente del ser humano adulto y digo adulto, porque aunque en los niños pequeños (hasta más o menos 5 años), el territorialismo se vislumbra aunque de manera más difusa que en la edad adulta, el miedo al otro no existe salvo en los ojos y comportamientos de los padres. Solo en la observación de la reacción del otro, aparece la propia y si la reacción del otro es colectiva, se convierte en creencia recalcitrante que si no se rompe no ayuda a avanzar. Hoy leía en el periódico un artículo revestido de política enfrentada - EEUU - OTAN - Rusia y que se traduce en lo que indicas. Fuerzas contrapuestas para romper el status quo del otro y hacer que el mío prevalezca, ya sea a la fuerza o utilizando soflamas arquetípicas populistas para crear miedo y parálisis y así poder campar a sus anchas. Espero que haya más personas parecidas a los existentes en Createch que ayuden con sus reflexiones a hacer reflexionar al resto y abrirse a lo diferente, escuchar, observar y respetar.

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