¿Cómo cultivar una actitud resiliente?

La resiliencia es una cualidad de los materiales. La capacidad de resistencia a su torsión hasta que pierden la propiedad de volver a su forma original (límite elástico). El trabajo, o consumo de energía necesaria para doblegar ese cuerpo de forma irreversible (energía de deformación), supone la medida de la resiliencia de ese material.

Desde mediados del siglo pasado, este concepto se ha venido aplicando a las personas inicialmente con el mismo enfoque. La capacidad de las personas ante la adversidad para superar las dificultades o reveses de la vida y seguir adelante orientados hacia el futuro. Se hablaba de resiliencia como si se tratase de una cualidad intrínseca de algunas personas, algo que se poseía o no de nacimiento.

Esto ha evolucionado considerablemente y hoy en día el enfoque mayoritario habla de desarrollar una actitud resiliente. Esta actitud se nutre especialmente de nuestra personalidad, basada más en la influencia del entorno y las experiencias, que en la carga de nuestros genes.

La resiliencia en las personas además, no supone solo la resistencia desarrollada ante la adversidad y la capacidad de reponerse y volver al mismo lugar, tal y como se aplica a los materiales, sino la capacidad de aprender o ser transformado por la experiencia adversa, para salir de ella y mirar al futuro desde un nuevo lugar.

Todas las personas hemos experimentado situaciones difíciles y adversas de cierta relevancia alguna vez. La vida las contiene de forma inevitable. Sabemos lo difícil que es salir de un bache cuando este se produce. Superar las dificultades de vivir cuando el camino se empina.

La ley natural nos hace asistir a la muerte de nuestros padres y es posible que hayamos perdido el empleo en más de una ocasión en este mercado laboral tan complejo que habitamos en este siglo. A algunos seguramente también nos habrá atacado el amor no correspondido o rupturas de pareja, y muchos otros ejemplos más dramáticos como muerte de seres queridos, accidentes, enfermedades graves. El sufrimiento no es algo ajeno a nosotros, lo conocemos y sabemos de sus efectos.

La actitud resiliente es el comportamiento que nos permite superar ese sufrimiento, esa situación dolorosa y nos abre la posibilidad de aprender de ella, transformarnos y mirar de nuevo a la vida y al futuro con confianza.

Pero esto ¿cómo se hace? Los ejemplos que se nos suelen dar cuando se nos habla de resiliencia son ejemplos de personas que parecen poseerla de forma natural, como si la tuvieran de serie. O bien se trata de ejemplos de personas que parecen haberla adquirido de forma inconsciente o que tuvieron que sufrir auténticos dramas vitales para descubrir de manera muy dolorosa que poseían más recursos de los que creían y que podían superar aquello que se les había venido encima.

la vida no está a nuestro servicio, ni se doblega a nuestras expectativas. Si nos empeñamos en domesticarla, cederemos las riendas y ella nos derribará como si fuéramos un castillo de naipes

Pero los seres humanos, en muchas ocasiones, sufrimos con pequeños dramas vitales que no son el gran revés y nos vendría muy bien no esperar a que la vida nos arrojase por la ventana para aprender a desplegar nuestras alas. Qué hago yo, que siento que sufro, que me hundo con muchas de las dificultades y me cuesta salir adelante, que hago yo para desarrollar esta habilidad a la que no parece que vaya a tener acceso si no es de manera deliberada.

La respuesta es fácil de definir y difícil de ejecutar. Todo está relacionado con la forma en la que habitamos nuestra realidad. Y donde ponemos el motor, el timón o la brújula de nuestra vida y la responsabilidad de tomar las riendas al respecto.

Es decir, ¿de qué depende mi felicidad? De mí o de si tengo un trabajo, de mi o de si soy padre, de mí o de si estoy toda la vida con la misma pareja, de mí o de mi entorno. Si el poder está cedido por mí a mi entorno y lo que me sostiene es mi rol social, mi familia, mi fortaleza física, mi Juventud, mi estatus, etc… entonces cualquier cambio adverso, cualquier pérdida en este sentido, será como un disparo a la línea de flotación. Superarlo será muy difícil puesto que efectivamente habré perdido parte de mí, ya que en algún momento, me habré fusionado con el entorno, identificado con él y perdido mi identidad. Soy lo que el entorno me permite ser. Y para que mi vida sea feliz, mi entorno tiene que ser estable y de una manera muy determinada.

Sin embargo, la vida no está a nuestro servicio, ni se doblega a nuestras expectativas. Si nos empeñamos en domesticarla, cederemos las riendas y ella nos derribará como si fuéramos un castillo de naipes.

Las personas que han conseguido cultivar una actitud resiliente, tienen una mayor capacidad de aceptación de la realidad tal y como es y no exigen que las cosas sucedan de una determinada manera. El motor de su vida es interno, el entorno naturalmente que contribuye y aporta, pero no es el pilar esencial. Estas personas están en contacto con ellas mismas en su más pura esencia y en contacto con su propósito en la vida y esta conexión les permite seguir adelante con la seguridad del que sabe cuál es su camino. Se trata de un camino en contacto con su esencia y no existe necesidad alguna de que este camino sea de una forma concreta o con una dificultad determinada. Estos ingredientes no son elementos relacionados con la certeza de seguir el camino. La mirada está centrada con independencia del escenario cambiante que la vida nos trae en su constante devenir.

Naturalmente que la vida nos pondrá trabas en ese sendero, y la adversidad se ceñirá sobre nosotros haciendo imposible muchos de los avances. Pero el resiliente, no se enfoca en la dificultad, no se enfoca en lo que ya no puede hacer, no se queda enganchado a las posibilidades perdidas, o a lo injusto de que ya no existan. El resiliente centra su mirada en lo que aún se puede hacer. En lo que sí está disponible y sigue adelante. Porque su camino es muy nuclear, no necesita de detalles y ornamentos concretos y posee muchas formas diferentes de ser recorrido.

¿Qué hacer para el cultivo esta actitud si no siento su presencia en mí o no en el grado que desearía?

En primer lugar, habitando el presente. El aquí y ahora. Soltando cualquier dependencia de lo que el futuro pueda traerme. Aceptando de la vida lo que me ofrezca. Para esto debo aceptar el presente como el lugar donde desarrollarme y soltar la necesidad de domesticar la realidad con un futuro predeciblemente agradable y desprovisto de malestar o dificultades.

En segundo lugar, debo asentir a la realidad tal y como es. Y estar en contacto con mis necesidades nucleares que son mucho más simples que la enorme cantidad de necesidades que hoy en día parecemos tener. Conectar mi vida y mis acciones con mis necesidades y valores y tomar contacto con mi propósito de vida. Aquello que me llena y que va más allá de lo que pueda nutrirme mi entorno. El propósito de vida es mi motor y se alimenta de infinitas formas. La adversidad nunca puede bloquearlas todas si estoy en contacto con mis necesidades más nucleares.

¿Cómo hacerlo?

En mi experiencia, entrando en el silencio. A través de la práctica de la presencia y de la meditación. Conectar con lo nuclear. Meditando las personas desarrollamos la capacidad de tomar conciencia de quienes somos y de cuáles son nuestras necesidades más profundas. En el silencio nos encontramos a solas con nosotros mismos y conectamos en lo más esencial. Desde ahí podemos aprender a vivir en paz la no paz. Afrontar la incertidumbre y sostenernos en la frustración de que las cosas no sean ni fáciles ni cómodas y así poder empezar a recorrer el camino de la vida con pasos conscientes y sólidos.

Hay una frase budista que dice. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. El resiliente siente el dolor, lo acepta y lo atraviesa, no lo niega ni lo rechaza, lo incorpora como parte de la vida. Las personas que no han sabido o podido cultivar esta cualidad, se sumergen en la negación de la realidad y sufren. Puesto que el sufrimiento es la distancia entre lo que sucede realmente y lo que a mí me gustaría que sucediera. Mientras no sea capaz de soltar ese deseo y no tome lo que sucede como algo real, ni justo ni injusto, no podré recorrer la vida tal y como es. Maravillosa y difícil.

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  1. #5
    Marta López

    Magnífico artículo!!! Buscaré mi propia manera de ser resiliente siguiendo sus consejos. Muchas gracias

  2. #4
    Paco Cano

    Las circunstancias y las situaciones con las que nos encontramos, a veces no cuentan con nuestra opinión y deseo, y pueden salir de nuestros planes y hacernoslo pasar mal. Pero es bueno saber que existen herramientas para superarlo, y además, salir reforzados. Porque quizá, todo aquello que nos ocurra, esté destinado a hacernos mejores. Saludos.

  3. #3
    Cristina Recuero

    Gran Reflexión Maestro! Tomo nota!

  4. #2
    Miguel Alvarez

    La vida no para, no descansa y nos propone retos a superar continuamente. Por ello, dado que vivimos en un entorno VUCA profesionalmente hablando, cultivar de alguna manera una actitud resiliente es algo más necesario que nunca. ¡Magnífico artículo José Manuel!

  5. #1
    Alberto Caballero

    La vida no está a nuestro servicio, pero nosotros si estamos al servicio de la vida. El juego de la vida consiste en creer que puedes elegir tu destino, pero en esa partida tus cartas están marcadas. Particularmente, no creo en las fábulas del vivir en el presente, porque el futuro no puede dejarse al azar del presente. Tampoco creo en que haya que sortear y dejar atrás el pasado, porque el pasado siempre vuelve y siempre nos es útil tanto en el aprendizaje, como en el dolor y/o sufrimiento sufrido. Bajo mi punto de vista, la resiliencia no es una cualidad a desarrollar, es una cualidad que sólo la vida puede hacernos entrenar, una cualidad inherente al ser humano, pero son otras cualidades y atributos: amor, aceptación, empatía, coraje, fuerza, determinación... los que potencian a la resiliencia. La actitud resiliente llega cuando el camino de la vida así lo desea, y no hay manera para preparse a tener una actitud resiliente... así lo veo yo. Afectuosamente, Alberto.

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